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Mensaje por Romeo Carroll el Lun Abr 09, 2012 2:05 am

Se sentía miserable. El sonido de sus pasos eran como fuertes tambores; el eco de estos le lastimaban los tímpanos provocándole un molesto pitido. El ruido desaparecía y daba paso a un vacío donde él era una pequeña y minúscula motita de polvo a la deriva. Mac estaba tendido frente a él, muerto. La sangre seca sobre su piel, sus ojos abiertos sin vida; era una visión dolorosa y asquerosa. Su llanto ahogado le hizo a arrodillarse frente al cuerpo inerte de su héroe, pero al alzar el rosto no veía a su hermano mayor de preciosos 17 años, frente a él ahora estaba recostado Hamlet, apenas un año mayor que él. Meo gritó desgarradoramente y entonces abrió los ojos de golpe, mirando el techo fijamente mientras tomaba aire y se tapaba hasta la cara. El olor a comida le abrió el apetito y al pararse se sintió mareado. El estomago le dolía ¿Cuánto hacía que no comía? Dos días… no era suficiente, debía ayunar más. Jaló una camisa a cuadros y se cubrió el cuerpo lastimado, aún marcado… cicatrices que él solito se hacía y que se negaba a curar por métodos mágicos, pues esos cortes eran recordatorios de su propia debilidad. Castigos…

Bajó las escaleras, sin mirar hacia el frente. Callado se sentó en el desayunador mientras Des atareada servía el desayuno a sus dos hermanos. Su padre se rasuraba la barba incipiente y el silencio nuevamente reinaba ¿Su madre? Su madre estaba lejos. Su padre decía que esta estaba en el hospital, curándose… ¿Curándose de qué? Sólo ella lo sabía. Meo tomó una tostada y le untó algo de mermelada, con la mano temblorosa. No se atrevía a mirar a Ham, mucho menos a Des, era un miedoso, un pusilánime. Tomó aire lentamente y mordió la puntita apenas, masticó, tragó con dificultad y luego se levantó. Nadie le dijo nada, suponían que estaba demasiado triste para intentarlo de verdad… todos lo estaban.

En poco tiempo estuvo listo, el cabello rubio no se lo peinó, y con los rizos rubios pegados al cuello bajó las escaleras arrastrando con dificultad sus cosas. Mishka le seguía pisándole los talones, enrollándose en sus piernas, haciéndole tropezar. Su mirada oscura se posó en su padre, y sin decir nada tomó la mano de Des. Ese sería el primer año de su hermanita menor… debía ser un buen hermano mayor.

El viaje no duró mucho, no lo suficiente como para que Meo dibujara mentalmente en el cielo un enorme dragón. Cuando estuvieron en la estación el chico cargó a Mishka que le arañó un poco los brazos, sacando de su dueño sólo un gemido pequeño y corto. No era suficiente para hacer reaccionar a Romeo.

Miró a su alrededor, habían menos alumnos, varias caras se habían perdido…

No lo soportó, ahí mismo se echó a llorar silenciosamente. No podía más, no quería más. Apenas miró a su padre cuando subió al tren, a su hermana la sentía detrás, y a Ham le evitaba. No quería ir a solas con sus hermanos, pero tampoco quería alejarse de estos. Tenía miedo, un temor irracional. Su primer año había sido traumático; había dejado de hablar a consecuencia de este y ahora apenas se atrevía a murmurar. Cuando encontró un compartimiento libre se encerró con Ham y Des. Ajeno a estos, comenzó a dibujar con los dedos sobre el cristal, con los ojos más tristes que nunca y sin ánimo alguno de comenzar otro año más. Mac estaba muerto, su madre loca, y sus hermanos se volvían sordos a sus gritos de ayuda.

-A-adiós…- susurró, apenas gesticulando con los labios. No se despedía de Londres, no se despedía de su padre, que lo miraba a través del cristal. Se despedía de sí mismo… o quizás, se despedía del resto del mundo. Sí, se encerraría en su cabeza, sería su propio lugar, el resto de las personas se volverían sólo pantallas, y él podría finalmente vivir en paz… Sin Ham, sin Des… y sobre todo, sin Mac.
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Romeo Carroll
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