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El comienzo de algo terrible.

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El comienzo de algo terrible.

Mensaje por Harvard MacFusty el Miér Abr 04, 2012 9:25 pm

Harvard podía notar las caras de preocupación tanto en los alumnos como en sus padres. La estación de trenes parecía moverse muy lentamente, casi en cámara lenta, totalmente opuesto a lo que había sido el año anterior. Todas las madres parecían compartir la misma cualidad, ojos vidriosos. Había visto esa expresión en la cara de su propia madre antes, y no significaba nada bueno. Éste fue su primer indicio de que su segundo año en Hogwarts no sería nada parecido a lo que había sido el año anterior.

“Vamos, Harv. Se nos hará tarde.” Lo animó algo cansado su hermano Thorald. Prefirió no hablar, pero supo muy bien que él también sentía lo mismo que el pequeño sobre el colegio. Era obvio, todos ahí lo sentían pero se esforzaban a negarlo. Harvard simplemente asintió y luego de ser aprisionado por los brazos de su madre y un beso en el cabello de parte de su padre, subió temblorosamente al vagón que tenía enfrente, uno de los últimos del Expreso a Hogwarts. Inmediatamente Ottar y Sibbe corrieron a la par hacia el vagón de prefectos para dejar a su hermanito atrás, y Thorald entró junto con otros chicos a un compartimiento a su izquierda. Estaba sólo una vez más. Se mantuvo junto a la puerta mientras el tren comenzaba a alejarse de la estación y veía como su madre contenía sus lágrimas mientras Beigarth, su padre, la rodeaba con sus brazos. Odiaba aquel sentimiento, y poco tiempo después descubriría que no estaba tan confundido como creía.

Cuando quiso darse cuenta, el pasillo del tren se encontraba enteramente vacío. Sólo quedaba él. Juntó suficiente aire en sus pulmones para continuar y, asomándose en cada compartimiento que podía, buscaba algún conocido. Chicos y chicas mayores que él, niños que se encaminaban hacia su primer año en el colegio de magia y hechicería y algunos otros que podía reconocer de su año pero no creía correcto pasar el viaje junto a ellos. Hubo algo que le llamó la atención más que nada, y fue que en todo su camino por los vagones, no escuchó ni una sola risa. ¿Cómo era posible? Hogwarts solía ser un lugar alegre y divertido, lleno de gente dispuesta a pasar un buen rato (quizás excepto por los Slytherins y algunos Ravenclaws), pero ya nada parecía así.

La muerte del director Dumbledore no había solamente afectado en su familia. Parecía haber afectado también en cada uno de los alumnos del colegio y sus profesores. Todo parecía tan oscuro. ¿Quién sería el director aquel año? Sinceramente esperaba que fuera la Profesora McGonagall. ¿Y si el Innombrable volvía a atacar? Era lo más probable, pero tenía las esperanzas de que Harry Potter volviera a defenderlos. Según todo lo que había escuchado sobre él, sonaba como una especie de superhéroe… ¿Y si él no aparecía?

Un compartimiento vacío logró robarle una sonrisa de alivio. Por fin podría sentarse y descansar de sus pensamientos negativos. Se apoyó contra el respaldo del asiento y luego descansó su cabeza contra la ventana del tren. Siempre le habían gustado los viajes en tren, por alguna razón. Cada vez que había viajado hacia Londres, lo había hecho en tren desde Glasgow. Sus hermanos Ottar y Sibbe solían decir que cuando terminaran el colegio se mudarían a Londres para trabajar en el Ministerio de Magia, y que jamás en la vida tomarían un tren de nuevo. Preferían los aviones. Harvard jamás había entendido aquel tipo de razonamiento. Ver todo pasar tan rápido, sin paradas u obstáculos era algo que le fascinaba. Podía sentir aquel viaje, tan rápido y recto, como si fuera un viaje en dragón. A los dragones nada los paraba, al igual que un tren. Los dragones no se detenían a mirar lo que había a su alrededor o cómo sobrepasar algo que les obstruía el camino, simplemente lo sobrevolaban. Un tren hacía lo mismo. Era simplemente fascinante.

Su imaginación voló tanto durante el viaje, que cuando cayó en la cuenta, el sol ya había caído por completo y la señora de los dulces no había parado en su compartimiento. Probablemente había pasado y a falta de cualquier tipo de ruido creyó que no había nadie dentro. Suspiró decepcionado y tocó el bolsillo de su pantalón para comprobar que las monedas que le había dado su hermano anteriormente para comprar dulces seguían ahí. Poco tiempo le quedó para colocarse su túnica y disfrutar un rato más del paisaje digno de la vista de un dragón ya que cuando el tren comenzó a bajar su velocidad, los murmullos de afuera crecieron. Ya estaban llegando a la estación de Hogsmade.

Contó con la cabeza baja uno, dos, tres escalones y finalmente el suelo. Levantó su mirada para notar que todos los alumnos estaban siendo formados muy prolijamente y en silencio. Apretó sus labios y buscó con su mirada a alguno de sus hermanos en busca de protección, pero ninguno estaba allí. Estaba solo. Solo, y así se sentiría durante todo el trágico año que venía frente a él que cada vez estaba más cercano y palpitante de lo que creería.
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